
Durante los últimos meses, desde la RBVOyL hemos querido responder a una pregunta muy concreta: qué ocurre realmente en un colmenar cuando no hay nadie. Este trabajo se enmarca en el proyecto “El oso pardo, llave maestra del ecosistema”, con el objetivo de entender mejor la relación entre el oso y la apicultura en un territorio donde la especie está volviendo poco a poco.
Para ello, instalamos cámaras en 8 colmenares de La Urz y Bonella (Riello), combinando fototrampeo en los accesos y cámaras en el interior. Cuatro meses de seguimiento continuo que nos han permitido asomarnos a una realidad mucho más compleja de lo que muchas veces se piensa, sin interceder en el comportamiento de los animales.
La primera pregunta era evidente: ¿está utilizando el oso estos colmenares? La respuesta, en este caso, es clara: no se registró ningún oso durante todo el periodo de estudio. Esto no significa que no esté presente en el territorio, sino que su uso de estos espacios puede ser mucho más puntual de lo que a menudo se percibe. Además, el seguimiento coincide en gran parte con el invierno, periodo de hibernación, lo que reduce aún más la probabilidad de detección.
En cualquier caso, el dato es relevante: los colmenares no están siendo visitados de forma sistemática por osos en este contexto, lo que ayuda a situar el riesgo en su justa medida y a avanzar hacia una percepción más ajustada a la realidad.
Sin embargo, lo verdaderamente interesante aparece cuando miramos el resto de la fauna. En los accesos a los colmenares, las cámaras registraron una comunidad muy diversa: zorros, jabalíes, corzos, liebres, martas, tejones, gatos monteses e incluso algún que otro lobo. Pero más allá de la lista de especies, lo importante es cómo utilizan estos espacios. La mayoría de los animales simplemente atraviesan la zona, con contactos muy breves (de apenas unos segundos) y una actividad claramente nocturna o crepuscular. Todo apunta a que estos accesos funcionan como caminos dentro del territorio, no como puntos de atracción.
El panorama cambia completamente cuando entramos dentro del colmenar. Aquí ya no hablamos de animales de paso, sino de especies que utilizan activamente el espacio. El ratón de campo domina claramente, acompañado por su depredador la marta, aves insectívoras y otras especies que encuentran en el colmenar un lugar donde alimentarse o refugiarse. Los tiempos de permanencia son mucho mayores y los comportamientos mucho más claros: búsqueda de alimento, caza o refugio térmico. En otras palabras, el colmenar funciona como un pequeño ecosistema en sí mismo, especialmente durante el invierno, cuando los recursos en el entorno son más limitados.

Estos resultados encajan bien con lo que sabemos desde la ecología y la etología. La fauna no utiliza el territorio al azar, sino optimizando recursos y minimizando riesgos, lo que explica la alta actividad nocturna y el uso de estos espacios como puntos funcionales dentro de su día a día. También ayudan a desmontar una idea importante: no toda presencia implica riesgo. Muchos animales pasan por los colmenares, pero muy pocos interactúan realmente con ellos.
Desde el punto de vista de la convivencia, el mensaje es claro. Por un lado, el oso no aparece como un usuario habitual de estos colmenares en las condiciones estudiadas. Por otro, las medidas de protección funcionan: todos los colmenares estaban cercados, lo que ha limitado el acceso de animales de gran tamaño, siendo el zorro el mayor de los detectados en el interior. Esto refuerza la idea de que la coexistencia es posible cuando se aplican medidas adecuadas y se entiende lo que realmente ocurre en el territorio.

Este estudio es solo un primer paso. Queda por ver qué ocurre en primavera y verano, cuando cambian las condiciones y la actividad del oso es mayor. Pero hay algo que ya podemos afirmar con bastante claridad: los colmenares no son elementos aislados, sino piezas activas del paisaje que concentran vida y procesos ecológicos. Entender esa complejidad es clave para avanzar hacia modelos de convivencia más realistas, informados y adaptados a la realidad de Omaña y Luna.
Puedes acceder al informe completo de los resultados del monitoreo en este enlace.
Este proyecto se realiza con el apoyo financiero de la Fundación Príncipe Alberto II de Mónaco en el marco de la Iniciativa Humanidad – Fauna Silvestre #InitiativeHommeFauneSauvage.